Una pequeña parábola sobre la cultura y el Canon
Reflexiones y filosofía varia, Weblog Antiguo January 20th. 2006, 3:37pm(Fecha original de publicación: 25 Marzo 2005)
Desde hace tiempo tengo ganas de compartir con la gente ciera parábola que ideé para entender y poder hacer entender por qué el asunto de los CDS pirata, el intercambio de musica por internet y el canon a CDS y DVDS (que ahora se quiere ampliar a discos duros y conexiones de banda ancha, Dios nos acoja) está planteado de forma falaz.
Vamos pues con la parabola:
“Imaginemos una actividad relacionada con la cultura. Una actividad que lleva realizandose de tal forma y por tal gremio de profesionales desde hace siglos; milenios incluso, si aceptamos que sus predecesores tenían su mismo rol, salvo que con otro nombre y disposicion geográfica.
Esa actividad, como digo, la han mantenido durante siglos, pasando por épocas en las que era mas demandada, y por tanto bien retribuida, y por épocas en las que mantenían unos mínimos de conservación con algunas dificultades.
Podría decirse que eran los únicos en desarrollar esa actividad: de los pocos que tenían los conocimientos necesarios para idearla, realizarla y distribuirla. Se puede afirmar con toda rotundidad que ayudaron a la divulgación de ese area cultural en todo el continente europeo por aquella época. Bien es cierto que los beneficios de su labor solo llegaban a una pequeña, diminuta parte de la población; ‘pero eso no era culpa suya’, decían, ‘Nosotros hacemos lo que podemos, vamos todo lo rapido que sabemos y podemos, y tampoco es culpa nuestra que la inmensa mayoría de la población no pueda disfrutar de lo que hacemos’.
Así había sido desde que se tenía uso de razón, y no se conocía forma alguna por la que eso pudiese cambiar. Es más: no se conocía motivo por el que debiera de cambiar: ‘el mundo es como es’, diría cualquier persona del común del pueblo cuando le preguntasen.
Sin embargo, un día llegó el problema. Llegaban rumores de que la labor de estos profesionales de la cultura estaba siendo usurpada. Llegó el rumor de que su trabajo estaba siendo realizado, imitado (’intrusismo’, lo llamarían ellos, y no con su pequeña parte de razón) por unos advenedizos capitaneados por un malvado villano que a todas luces despreciaba la buena forma de hacer las cosas. A este siervo del maligno, este perseguidor del hundimiento de la cultura en toda Europa, lo llamaremos ‘Juan’.
Pronto los efectos de su maligna obra comenzaron a notarse: mas y mas gente estaba accediendo a partes de ese sector de la cultura, y como estaban malentendiendo lo que siempre les habían explicado de forma indirecta, grandes crisis estaban en ciernes. Las creencias del pueblo en lo no terrenal, que durante mucho tiempo habían estado establecidas de forma pacífica y constante en la sociedad, comenzaron a sufrir divisiones y a considerarse dudosas: la gente se lo cuestionaba todo, la gente comenzaba a dudar de todo. La semilla para futuros derrocamientos de gobierno y experimentaciones con nuevas, exóticas y a todas luces malignas formas de gobierno había sido sembrada. Pero estas consecuencias no eran comparables a la mas importante de todas.
De repente, los que siempre habían realizado estas labores comprobaron cómo su parcela de trabajo estaba siendo gravemente amenazada: ellos, que se habían ocupado de aquello desde tiempos inmemoriables; ellos, cuya labor había transmutado de simple artesanía en puro arte: ellos, que se preocupaban de que el acceso a elementos de esa parcela cultural no fuese sino ordenado, calculado y selectivo para evitar malos pensamientos y arriesgadas elucubraciones. Ellos, en resumidas cuentas, que veían como el futuro se ennegrecía para la industria, para su industria.
Nuestra historia termina inacabada. No sabemos qué será de esos profesionales: si podrán seguir comiendo todos los días, o si tendrán que reclamar algún tipo de impuesto (canon) por el perjuicio que les ha supuesto esa herramenta maligna. Tampoco sabemos si las consecuencias de ese instrumento maldito, esa aberración promovida de forma obstinada por el tal ‘Juan’, Dios le castigue por su maldad, ha producido ya todo el mal posible o aun está por mostrar su peor obra. Por suerte, algunos ya comenzaban a corregir sus efectos, creando listados de productos prohibidos, por ser peligrosos ‘para la mente del ciudadano común’.
Así quedamos, con gran preocupacion por el futuro de nuestros hijos, viendo cómo los mismos contradicen a sus padres, cómo las personas se dan o se quitan la razón en torno a motivaciones tan arbitrarias y poco capacitadas de autoridad como su propio juicio o parecer; guerras, revoluciones y grandes movimientos de personas son solo algunos ejemplos de las consecuencias de ese producto.
Espero no vivir para ver el final de todo esto.”
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Creo que las similitudes entre este (no tan pequeño) cuento y las declaraciones de empresarios de discográficas, musicos y demás bichería sobre la industria discográfica y videográfica. “Que si es el fin de la musica”, “Que si los musicos no podrán seguir dedicandose a su labor”, “Que si miles de puestos de trabajo peligran, miles de familias que no tendran qué comer”, etc.etc.
Mas de uno intuirá a estas alturas de qué va el cuento: el tal “Juan” es John Gutenberg, los “profesionales amenazados” son los monjes, siendo su labor de copiado de libros en scriptorum su “industria al borde del fin”, la “invención maldita” es la imprenta tipografica, y las consecuencias son, así a bote pronto:
- El inicio de la alfabetización masiva de la poblacion, y por tanto, de la divulgacion de la cultura.
- El librepensamiento.
- El origen de la interpretación sobre la biblia, dando lugar a planteamientos alternativos como el luteranismo, cuyos frutos son de sobra conocidos para Europa.
- La revolucion francesa, la caída de los absolutimos y autoritarismos como forma de gobierno principal, y el ascenso de la democracia como método para repartir la soberanía de un territorio entre su población, en lugar de unos cuantos elegidos.
- Y practicamente la totalidad de avances artisticos, literarios y sobre todo científicos, desde el renacimiento hasta nuestros días.
Espero que ninguno de los lectores de esta historia defienda realmente que se debiera ‘desinventar’ la imprenta tipográfica, y por tanto, deshacer todos sus avances (prácticamente todos los elementos de nuestra sociedad moderna). De la misma forma, no se puede desinventar Internet, la replicación digital de información (copiado de CDS y DVDS, entre otras muchas cosas).
Tampoco creo que ninguno de los presentes defienda seriamente que los monjes, herederos de los que antaño hacían copias de biblias y algunos otros textos para reyes, nobles, iglesias y otros monasterios, tengan derecho en la actualidad a cobrar una ‘retribución’ por cada libro impreso (y que ellos han dejado de poder copiar, por tanto) desde el 1400 y pico hasta la actualidad: sería insostenible, además de absurdo.
Pues de la misma forma es absurdo que la industria discográfica cobre una tasa privada o una ‘retribución’ por cada disco que han dejado de vender: no es que sea legal o no, es que es absurdo, y si se extiende a los discos duros y conexiones a Internet de banda ancha, es insostenible.
Pido a los que hayan llegado hasta aquí (aguantado el rollo, que no es poco, pardiez) que tengan en cuenta lo siguiente: los monjes siguen existiendo. Siguen habiendo monasterios, y sigue habiendo ordenes de monjas y monjes. ¿ Que ya no tienen la importancia de antes como únicos depositarios del conocimiento ? El mundo cambia. ¿ Que ya no obtienen los mismos ingresos que antaño (ingresos económicos o influencias, mismo da, todo es patrón-valor con el que comerciar) por ese tipo de trabajos ? El mundo cambia.
El mundo ha cambiado y su industria (el copiado artesanal y manual de libros) asímismo tuvo que cambiar. Cambiaron, y perduraron. Es cierto que los monjes no abundan en nuestra sociedad, pero eso no es necesariamente consecuencia de Gutenberg y su trabajo. Y si lo es, pues qué quieren que les diga… el mundo cambia.
De la misma forma, la industria discográfica no tiene por qué desaparecer: tiene que reconvertirse, adaptarse a la realidad tecnológica del momento. Si los trabajadores de esa industria dejan de ser necesarios en esas cantidades, pues qué quieren que les diga: el mundo cambia. Si las discográficas dejan de tener el poder que tienen actualmente (si el catolicismo tuvo en su día el índice de libros prohibidos, por fortuna ya inexistente, las discográficas hoy vetan a artistas como Alaska si no dicen lo que ellos les dictan), pues mala suerte: el mundo, como ya digo, cambia.
Los monasterios siguen existiendo, en mayor o menor medida. Su forma de vida sigue siendo asumible, solo que en otros términos, con otras actividades. Los dulces de monasterio de monjas y artesanía de monasterios de monjes (y viceversa, de haberlo) son para mí de lo mejorcito que se puede encontrar cuando se buscan ese tipo de cosas. De la misma forma, seguirán habiendo músicos, y, por qué no, seguirán pudiendo haber discográficas.
Pero oiga, no me obliguen con una tasa revolucionaria en cada CD y DVD y, si el sentido común no lo remedia disco duro y línea ADSL, que uso para desempeñar mi labor profesional, labor que NADA tiene que ver ni con la música, ni con el cine, a sostener una industria que ya no es sostenible.
Un libro de los antiguos, con su caligrafía, y sus grabados y dibujos al margen, es una obra de arte y muy valorada: de la misma forma, un CD con su caratula, sus letras, sus fotos y su aspecto tal cual puede ser valorado. Hagan que su producto tenga valor añadido, como, pongamos, con descuentos o vales 2×1 para entradas de conciertos y similares; y dejen que los músicos se ganen la vida con lo que parece que realmente se la ganan, que es con las giras y las actuaciones en directo. No pretendan que la sociedad en su conjunto retrase una reconversión industrial de su sector que, como decían en Matrix, “es inevitable”.







